Nombrar : el placer, el poder y la dificultad

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Hay tareas para las que Internet se convierte en una dificultad casi insalvable. Ese aliado omnipotente que tenemos en la estrecha ventana de Google, donde escribimos cualquier cosa y podemos recibir millones de respuestas, se convierte en un adversario implacable a la hora de nombrar algo, de decidir la o las palabras con que se identificará una empresa, un programa, un proyecto, un  producto o un sitio en la web.

La tarea resulta aún más compleja cuando combinamos Google con la misma ventana de algún proveedor de registro de dominios para la red. Todo está ocupado, comprado, nombrado; cualquier palabra o combinación de las mismas ya está usada por alguien en Buenos Aires, Cracovia, Tanzania o Filadelfia. 


Esa actividad placentera, casi poética de darle un nombre y un sentido a algo que ha nacido o esta por nacer, que nos confiere cierto poder ante quienes nos la confían, la oirán o leerán en el futuro, hoy, gracias a los eficientes algoritmos del rey de la web, se puede convertir en un verdadero tour de force.

En julio de 2008, cuando decidimos crear una nueva compañía dedicada al diseño web, a la producción editorial y a la edición de contenidos, surgió por supuesto la necesidad de nombrarla. Fácil pensé, es mi trabajo, lo haré bien. Comencé a hacer listas, a traer de la memoria todas esas palabras que tienen que ver con este trabajo y que me gustan por su sonoridad, su significado, el concepto que transmiten. Todas ocupadas.

Más listas, consultas con la familia, los amigos, los colegas; pronunciaba las palabras y les miraba fijo a la cara esperando su reacción. Recibí todo tipo de comentarios, observé todo tipo de expresiones, nada que me orientara.  Las que se salvaban iban a la ventana implacable y ya estaban habitadas, amarradas, con el .com o el .net a cuestas como parcela ya asegurada.

Saltaba entonces un argumento válido hasta cierto punto: podría ser cualquier palabra, cualquier expresión, finalmente una vez se da el bautizo, se nombra, ese nombre comienza a llenarse de significados, de sentidos, gracias a la imagen con que lo transmitimos, a los hechos que tengan vida con su sello, esa palabra encontrará su propio sentido.

Con las antenas bien puestas leía por esos días Los cortejos del diablo, la novela del ilustre Germán Espinosa, en una reciente edición de Alfaguara que la juntó con otras dos obras del autor en el volumen denominado Novelas del poder y de la infamia. Allí, en las primeras líneas de la página 153 apareció, en medio de signos de admiración, como parte de una delirante retahíla de arcaísmos, neologismos, sustantivos y adjetivos de muy diversa laya, la palabra: ¡Pesada broma, azoma!

¡Azoma! Azoma, azoma, aZoma, la expresión me gustó. Era sonora. Corrí a los diccionarios: no estaba ¡no existía! La introduje con ansiedad en la ventana del buscador: era el acrónimo de una poeta de origen polaco que vive en Buenos Aires y el nombre de una compañía que produce estructuras de acero en Rumania. Seguí las consultas, que arrojaron resultados de todo tipo hasta que, venciendo la incertidumbre nos decidimos por ese nombre: Azoma.

Con él comencé a contestar a quienes me preguntaban por el apelativo de la nueva compañía: Azoma, con z. Pero todos me hicieron una pregunta que no supe contestar: ¿Qué quiere decir Azoma, con z? No tenía un significado. Había que encontrárselo y esa tarea sí fue fácil: Azoma quiere decir el lugar de los significados, comencé a contestar con decisión.

De esa manera quedó totalmente nombrado este proyecto de comunicaciones que hoy adquiere una nueva dimensión y un nuevo significado al lanzar su lugar en internet, el lugar de los significados.

Última actualización el Jueves, 18 de Agosto de 2011 22:03  

 
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